¿Y si un equipo también necesitara aprender a callar?

Hay silencios que deberían preocuparnos.

El silencio de quien tiene algo que decir y no se atreve.

El de quien aprendió hace tiempo que discrepar tiene consecuencias.

El de quien mira alrededor de la mesa, calcula el riesgo y decide que hoy tampoco merece la pena.

El silencio resignado.

El silencio del miedo.

El silencio de quien ha dejado de sentirse parte.

Esos silencios empobrecen a los equipos.

Por eso llevamos años hablando de seguridad psicológica, de culturas donde las personas puedan expresarse, discrepar, cuestionar una decisión o reconocer un error sin miedo.

Y debemos seguir haciéndolo.

Pero últimamente me interesa otro silencio.

Uno del que hablamos mucho menos.

El silencio de quien no necesita responder inmediatamente.

El de quien escucha sin estar preparando su intervención.

El de un grupo capaz de dejar una pregunta unos segundos encima de la mesa sin sentir la necesidad compulsiva de rellenar el vacío.

Un silencio que no nace del miedo.

Nace de la presencia.

Y empiezo a preguntarme si saber estar ahí no será también una competencia de los equipos extraordinarios.

Vivimos en organizaciones extraordinariamente ruidosas:

Reuniones.

Presentaciones.

Correos.

WhatsApps.

Notificaciones.

Datos.

Opiniones.

Respuestas.

Tenemos una enorme capacidad para producir palabras y una sorprendente dificultad para permanecer unos segundos sin ellas.

Y ahora hemos añadido a nuestras organizaciones máquinas capaces de producir todavía más.

Preguntamos algo a una inteligencia artificial y antes de terminar de formularlo ya está construyendo una respuesta.

Todo parece empujarnos hacia el mismo lugar:

más rápido, más contenido, más respuestas.

Pero quizá haya cosas importantes que no aparezcan aumentando la velocidad.

Quizá necesiten exactamente lo contrario.:

Tiempo.

Atención.

Espacio.

Silencio.

Pienso en algunas reuniones.

Alguien formula una pregunta importante.

Y apenas termina de hacerla, otra persona empieza a responder.

Después otra.

Y otra.

Las ideas empiezan a acumularse.

Argumentos.

Contraargumentos.

Matices.

Experiencias.

Hasta que, veinte minutos después, tenemos muchas más palabras encima de la mesa…

pero no necesariamente más claridad.

¿Qué habría ocurrido si después de aquella primera pregunta hubiéramos permanecido treinta segundos en silencio?

Treinta segundos.

Parece poco.

En una reunión pueden parecer una eternidad.

Probablemente alguien habría sentido la tentación de rescatar al grupo.

El líder habría mirado sus notas.

Alguien habría cogido el teléfono.

Otro habría sonreído incómodo.

Porque el silencio tiene algo inquietante:

nos deja sin el refugio inmediato de las palabras.

Y cuando eso ocurre empezamos a escuchar otras cosas.

Lo que realmente pensamos.

Lo que todavía no sabemos cómo decir.

Una contradicción.

Una intuición.

Una emoción que estaba debajo de la conversación.

La duda que alguien no se había permitido formular.

O quizá simplemente empezamos a escuchar de verdad lo que acaba de decir otra persona.

Porque escuchar no consiste solamente en permanecer callado mientras alguien habla.

A veces consiste en permitir que sus palabras permanezcan dentro de nosotros el tiempo suficiente como para que puedan modificarnos.

Y eso requiere espacio.

Quizá por eso algunas de nuestras mejores ideas no aparecen cuando estamos hablando.

Aparecen caminando.

Mirando por una ventana.

Conduciendo.

En la ducha.

Sentados frente al mar.

No porque esos lugares tengan ninguna propiedad mágica.

Sino porque, por un momento, dejamos de producir.

Y algo puede emerger.

Me pregunto qué ocurriría si lleváramos un poco de esa cualidad a nuestros equipos.

No estoy proponiendo convertir las reuniones en retiros contemplativos.

Ni poner un gong en la sala del comité de dirección.

Aunque reconozco que ver la cara de algunos CEO justificaría el experimento.

Hablo de algo bastante más sencillo.

Aprender a no responder inmediatamente.

Dejar respirar una pregunta.

Permitir que una idea termine de caer.

No confundir rapidez mental con profundidad.

No premiar siempre a quien piensa hablando.

Dar espacio también a quien necesita pensar antes de hablar.

Porque cuando una cultura solo valora la respuesta rápida, inevitablemente favorece determinados tipos de inteligencia y silencia otros.

Hay personas que descubren lo que piensan mientras hablan.

Y hay otras que necesitan silencio para descubrirlo.

Un equipo inteligente debería necesitar a ambas.

Por eso quizá tengamos que ampliar nuestra idea de seguridad psicológica.

Hasta ahora hemos preguntado:

¿Puedo decir aquí lo que pienso?

Es una pregunta fundamental.

Pero podríamos añadir otra:

¿Puedo todavía no saber lo que pienso?

¿Puedo quedarme unos segundos buscando?

¿Puedo cambiar de opinión después de escuchar?

¿Puedo decir “no lo sé”?

¿Puede haber un espacio vacío sin que alguien sienta inmediatamente la necesidad de ocuparlo?

Eso también dice mucho sobre la madurez de un equipo.

Porque existen silencios que reducen la inteligencia colectiva.

Pero quizá existan otros que la aumentan.

El silencio del miedo cierra.

El silencio de la resignación desconecta.

El silencio impuesto somete.

Pero el silencio elegido puede hacer otra cosa.

Puede abrir.

Abrir espacio para escuchar.

Para observar.

Para percibir algo que la velocidad estaba ocultando.

Para que aparezca una voz que normalmente llega tarde porque otras siempre llegan primero.

Para que una pregunta pueda ser más importante que nuestra necesidad de demostrar que tenemos la respuesta.

Quizá por eso el silencio tenga también una dimensión espiritual.

No necesariamente religiosa.

Espiritual en un sentido mucho más elemental:

la capacidad de hacer espacio para algo que todavía no controlamos.

Algo que no hemos producido nosotros.

Algo que puede aparecer entre nosotros.

Y esa idea me parece especialmente interesante aplicada a un equipo.

Porque tendemos a pensar que la inteligencia colectiva aparece cuando juntamos muchas inteligencias individuales.

Quizá no sea suficiente.

Quizá necesitemos también espacio entre ellas.

Como en la música.

No hay melodía solo porque haya notas.

También la construyen los silencios.

Tal vez con los equipos ocurra algo parecido.

Un equipo maduro no sería únicamente aquel donde todos pueden hablar.

Sería aquel donde todos pueden escuchar.

Donde nadie necesita tener siempre razón.

Donde una pregunta puede permanecer abierta.

Donde el silencio no genera inmediatamente ansiedad.

Donde pensar no es considerado una pérdida de tiempo.

Y donde, de vez en cuando, nadie dice nada.

No porque no haya nada que decir.

Sino porque quizá estamos esperando el tiempo suficiente para que aparezca algo que merezca la pena ser dicho.

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