Los mejores no se van por el sueldo.
Se van porque estaban cansados de perder energía en guerras que nadie reconoce oficialmente.
Nadie en la reunión levanta la mano y dice “yo aquí vengo a defender mi territorio”.
Nadie admite que interrumpe porque no soporta que otro brille.
Nadie reconoce que retiene información para mantener ventaja.
Nadie confiesa que boicotea ideas ajenas disfrazando el boicot de “pensamiento crítico”.
Y sin embargo ahí está.
Silencioso. Constante. Devastador.
El ego no destruye equipos de golpe.
Los destruye despacio.
En cada reunión donde alguien necesita tener razón más de lo que necesita encontrar la mejor solución.
En cada conversación donde la jerarquía importa más que la idea.
En cada decisión donde el mérito personal pesa más que el resultado colectivo.
Lo más cruel es esto:
La gente que más daño hace en estos equipos no es mala gente.
Es gente inteligente. Capaz. Con trayectoria real.
Pero con un punto ciego enorme:
No ven el coste de lo que hacen porque están demasiado ocupados justificando por qué lo hacen.
Y mientras tanto los mejores del equipo hacen el cálculo en silencio.
No el cálculo del sueldo.
El cálculo de la energía.
¿Cuánto de lo que doy aquí se convierte en resultado real?
¿Cuánto se evapora en política, en roces, en guerras sin nombre?
Cuando la respuesta duele demasiado…
se van.
Sin drama. Sin aviso. Sin portazo.
Simplemente un día dejan de estar.
He visto esto en equipos propios y en equipos ajenos.
Y siempre duele igual.
Porque siempre se pudo evitar.
La pregunta que todo líder debería hacerse una vez al mes:
¿Qué conversación estoy evitando que mi equipo lleva meses necesitando?.
