Agosto tiene algo curioso.
Durante unas semanas parece que una parte considerable de la humanidad se pone de acuerdo en una misma misión: estar bien.
Descansar.
Desconectar.
Dormir más.
Comer mejor —o muchísimo peor, pero sin culpa—.
Viajar.
Darse algún capricho.
Leer ese libro que lleva seis meses esperando en la mesilla.
Hacer yoga mirando al mar.
Caminar descalzo.
Contemplar puestas de sol.
Y, por supuesto, documentar convenientemente una parte de todo ello para que quede constancia de que estamos viviendo despacio.
No tengo nada contra eso.
Al contrario.
Me parece estupendo descansar, cuidarse, viajar, disfrutar, perder el tiempo, dormir una siesta indecente o pedir otra botella de vino porque mañana no hay despertador.
El cuerpo necesita descanso.
La cabeza necesita silencio.
Y probablemente todos necesitamos, de vez en cuando, recordar que nuestra existencia es algo más que una agenda de Outlook con piernas.
Pero observo algo que me resulta curioso.
Nos hemos vuelto extraordinariamente sofisticados cuidándonos y bastante menos sofisticados preguntándonos qué hacemos con los demás.
Podemos regresar de tres semanas maravillosas en Bali, Menorca o un pueblo perdido de Asturias con la piel más morena, el cortisol supuestamente bajo y 146 fotografías preciosas…
…y seguir siendo exactamente el mismo necio que se fue de vacaciones.
Con las mismas arrogancias.
Las mismas inseguridades disfrazadas de autoridad.
La misma necesidad de tener razón.
La misma incapacidad para escuchar.
La misma facilidad para hacer pequeño a quien tenemos delante.
Los mismos celos.
Las mismas miserias.
Los mismos lados oscuros que, curiosamente, nunca aparecen en Instagram.
Porque hay algo que las vacaciones no arreglan.
El carácter.
Puedes descansar el cuerpo sin haber revisado una sola vez la forma en que habitas el mundo.
Puedes desconectar del trabajo sin desconectar de tu ego.
Puedes mimarte muchísimo sin haber aprendido a cuidar a nadie.
Puedes saber perfectamente qué necesitas tú y seguir sin tener la menor idea de lo que provocas en los demás.
Y ahí es donde empiezo a tener un problema con cierta conversación contemporánea sobre el bienestar.
Todo parece girar alrededor de uno mismo.
Mi energía.
Mis límites.
Mi paz.
Mi espacio.
Mis necesidades.
Mi equilibrio.
Mi mejor versión.
Mi tiempo.
Mi salud mental.
Yo.
Yo.
Yo.
Incluso hemos aprendido un vocabulario extraordinariamente elaborado para explicarnos a nosotros mismos.
Ponemos límites.
Nos alejamos de las personas que “no nos suman”.
Protegemos nuestra energía.
Identificamos relaciones “tóxicas”.
Trabajamos nuestras heridas.
Escuchamos nuestro cuerpo.
Y todo eso puede ser necesario.
Pero a veces me pregunto si no estaremos convirtiendo el bienestar en otra sofisticada forma de egocentrismo.
Una que, además, goza de muy buena reputación.
Porque quizá haya una pregunta bastante más incómoda que:
¿Cómo estoy?
Y es esta:
¿Cómo quedan los demás después de estar conmigo?
No cómo creo yo que los trato.
No cuáles son mis intenciones.
No cuánto he trabajado mi inteligencia emocional.
Cómo quedan.
Mi pareja.
Mis hijos.
Mis amigos.
La persona que trabaja conmigo.
El camarero que se equivoca con mi pedido.
La persona sobre la que tengo poder.
La que no puede devolverme el golpe.
La que piensa diferente.
La que me contradice.
La que ya no me resulta útil.
Ahí quizá empieza una medida bastante más exigente del bienestar.
Porque puedes meditar cada mañana y ser un imbécil con tu equipo.
Puedes hacer yoga, comer ecológico, ir a terapia, conocer perfectamente tu eneatipo, tus heridas de infancia y tus patrones de apego…
…y seguir haciendo que las personas que trabajan contigo tengan que protegerse de ti.
Puedes hablar de energía y drenar la de todos los que te rodean.
Puedes reivindicar tus límites mientras ignoras sistemáticamente los de los demás.
Puedes perseguir tu paz dejando un pequeño campo de batalla detrás de ti.
Y puedes sentirte estupendamente contigo mismo.
Ese es quizá el detalle más inquietante.
Que sentirse bien y hacer el bien no son necesariamente la misma cosa.
Por eso cada vez me interesa menos una idea del bienestar entendida únicamente como estado interior.
Me interesa otra.
Una mucho más incómoda.
Una que no termina en uno mismo.
Porque quizá nuestro bienestar también tenga que ver con nuestra capacidad de generar bienestar alrededor.
Con hacer que alguien se sienta visto.
Con escuchar sin preparar inmediatamente la respuesta.
Con no utilizar nuestro poder para empequeñecer.
Con reconocer.
Con agradecer.
Con pedir perdón.
Con saber retirarnos.
Con dejar espacio.
Con hacer crecer.
Con que nuestra presencia no obligue a los demás a estar permanentemente defendiéndose.
Entonces el bienestar deja de ser simplemente algo que consumo y empieza a convertirse en algo que ofrezco.
Y cambia la ecuación.
Lo que das, te lo das.
Lo que cuidas, de alguna manera, también te cuida.
Lo que haces crecer termina haciéndote crecer.
Y lo que sistemáticamente les quitas a los demás —confianza, dignidad, alegría, libertad, energía— quizá también te lo estés quitando a ti, aunque todavía no aparezca en ninguna analítica.
Así que disfruta de las vacaciones.
Duerme.
Viaja.
Date caprichos.
Pide el postre.
Hazte la foto.
Contempla el mar.
Apaga el teléfono.
Mímate.
Por supuesto que sí.
Pero quizá, entre una puesta de sol y la siguiente, haya una pregunta que merezca acompañarnos este verano:
¿Cómo es la vida de los demás cuando yo aparezco en ella?
Porque si después de cuidarnos tanto volvemos siendo exactamente la misma persona que se marchó —con las mismas arrogancias, las mismas miserias y la misma capacidad de herir—, quizá hayamos descansado mucho.
Pero no sé si podemos decir que estemos mejor.
