El liderazgo que no necesita brillar

Vivimos en la era del líder-marca

Abre LinkedIn cualquier martes por la mañana. Cuenta cuántas publicaciones dejan caer, entre líneas, un «mira qué buen líder soy» — a veces directo, en primera persona, con más o menos disimulo, y a veces disfrazado de humildad: «mira cómo consigo que mi equipo brille», que, si se mira dos veces, sigue siendo la misma foto con el protagonista escondido un paso detrás de la cámara. Cuenta cuántos perfiles de directivos parecen diseñados por un equipo de comunicación antes que forjados por una trayectoria. No es un juicio moral rápido — es un síntoma de época: hemos normalizado que liderar bien incluye, casi por obligación la vanidad de ser visto liderando, aunque sea vestido de generosidad hacia los demás, de moral o «buenismo» acolchado.

Y sin embargo, si miras hacia quienes de verdad han construido algo que perdura —no una campaña, un imperio—, encuentras justo el patrón contrario. Silencio. Bajo perfil. Una relación con el propio ego que parece, cuanto menos, distinta a la que hoy se enseña en la mayoría de programas de liderazgo.

Este artículo no es sobre esos líderes. Es sobre la pregunta que su ejemplo nos deja a los demás.

Un mapa de fondo, no un protagonista

Hay dos ideas que uso como trasfondo, sin querer convertirlas en el centro del texto. Existe una forma de entender la identidad como círculos que se van ampliando: primero el yo (mis intereses, mi imagen), después el nosotros más cercano (mi equipo, mi empresa, mi tribu), y más tarde algo que ya no necesita ese «mío» para sostenerse. Y existe también una distinción útil entre la fuerza —que necesita oposición y audiencia para existir— y el poder, que no necesita que nadie lo mire para seguir siendo real.

No son leyes científicas. Son lentes que ayudan. Y bajo esas lentes, la discreción de ciertos líderes deja de ser una curiosidad biográfica y empieza a parecer una consecuencia natural: cuando la identidad ya no depende de ser vista, deja de necesitar el foco para sostenerse.

Siete formas distintas de no necesitar el foco

Amancio Ortega empezó como recadero de una camisería en A Coruña, con catorce años. Cuarenta años después, con el mayor grupo de moda del planeta bajo su gestión (Inditex) , seguía haciendo lo mismo que hacía de joven: visitar tiendas sin avisar, mirar producto, preguntar a las dependientas qué no funcionaba. Toda la energía que otros fundadores invierten en su propia narrativa, él la invirtió ahí. En cincuenta años apenas concedió un puñado de entrevistas, nunca abrió una cuenta en redes sociales, y cuando se retiró del consejo en 2021 lo hizo sin discurso de despedida mediático. La compañía sigue batiendo récords sin él. La prueba de fuego de cualquier liderazgo —qué queda cuando el líder se va— la superó sin ruido.

La familia Wertheimer, dueña de Chanel desde 1924, ha construido una de las marcas más reconocibles del mundo siendo, ellos mismos, casi invisibles. Alain y Gérard Wertheimer podrían cruzarse contigo en su propio desfile y no los reconocerías. Durante décadas evitaron incluso que su apellido apareciera vinculado públicamente a la maison, dejando que Coco Chanel y, más tarde, Karl Lagerfeld fueran el único rostro visible de la marca. Tardaron ciento diez años en publicar por primera vez sus resultados financieros — y lo hicieron porque decidieron que tocaba, no porque nadie se lo exigiera.

Los hermanos Albrecht, fundadores de Aldi, llevaron esa misma lógica al extremo personal. Tras un episodio de secuestro que vivió uno de ellos a comienzos de los años setenta, ambos redujeron su vida pública casi a cero: apenas circulan fotografías suyas de adultos, evitaban actos públicos y llegaron a dividir el imperio en dos mitades (Aldi Nord y Aldi Süd) sin que trascendiera apenas el motivo real del reparto. Silencio incluso en la cumbre absoluta del éxito económico, con su cadena de descuento presente hoy en medio planeta.

Ingvar Kamprad, fundador de IKEA, hizo de la sencillez casi una religión personal: coche viejo, vuelos en clase turista, habitaciones sencillas incluso en los hoteles que él mismo era dueño de visitar por negocio. Se cuenta que reutilizaba las bolsitas de té y que prefería comprar ropa en mercadillos antes que en tiendas nuevas, pese a estar entre las personas más ricas del planeta. Dejó escrito que la humildad no era solo cortesía hacia los demás, sino una de las dos «armas secretas» —junto con la voluntad— del desarrollo personal, y esperaba que sus tres hijos, formados dentro de la propia cadena de tiendas, interiorizaran ese mismo instinto de no destacar.

Robert Bosch fue todavía más lejos: no se conformó con comportarse con humildad, rediseñó jurídicamente su empresa para que esa humildad no dependiera de la voluntad de nadie más. Ya en 1937 había transformado la compañía en una forma jurídica que la protegía de intromisiones externas, y en su testamento dejó instrucciones detalladas para que, tras su muerte, un grupo de albaceas decidiera la estructura definitiva de propiedad. El resultado, implantado en 1964, sigue vigente hoy: una fundación sin ánimo de lucro posee la inmensa mayoría del capital de Bosch, mientras que el poder de decisión recae en una entidad separada que no se beneficia económicamente de esas acciones. Diseñó, literalmente, un sistema donde ningún ego individual —ni el suyo, ni el de sus herederos— puede capturar el rumbo de la compañía para beneficio propio.

Mars Incorporated, el gigante de alimentación y cuidado de mascotas —dueño de marcas como Snickers, M&M’s o Pedigree—, factura decenas de miles de millones al año siendo una de las empresas menos reconocibles del planeta. La familia Mars prácticamente no concede entrevistas ni aparece en actos públicos, y durante generaciones evitó incluso que su nombre figurara con letras grandes en el packaging de sus propios productos. Su cultura interna se sostiene sobre cinco principios —calidad, responsabilidad, mutualidad, eficiencia y libertad— escritos hace décadas y repetidos internamente como catecismo, no sobre la figura de ningún fundador convertido en ícono mediático.

Jim Sinegal, cofundador de Costco, es quizá el contrapunto más interesante de todos, porque él sí estuvo plenamente expuesto: empresa cotizada, escrutinio trimestral, presión constante de Wall Street para maximizar márgenes. Y aun así, sostuvo durante años uno de los sueldos ejecutivos más bajos del sector para su nivel de responsabilidad, seguía comiendo en la cafetería de sus propias tiendas junto a los empleados, y defendía en las juntas de accionistas que pagar bien a la plantilla no era generosidad, sino la estrategia más rentable a largo plazo —una postura que sostuvo frente a inversores que, año tras año, le pedían justo lo contrario. No necesitó opacidad para sostener un liderazgo de bajo ego — lo sostuvo a plena luz.

Lo que estos siete casos, juntos, señalan de verdad

No los traigo aquí para canonizarlos ni para escrutinarlos con lupa — de puertas adentro, ninguna vida ni ninguna empresa es perfecta, y sería ingenuo pretender lo contrario. Todos tienen sus sombras y ángulos menos inspiradores.

Los traigo porque, puestos uno al lado del otro, señalan algo que rara vez se dice en voz alta en el mundo del liderazgo actual: la necesidad de brillar y la capacidad de construir algo duradero no solo no son la misma cosa — a menudo compiten entre sí por la misma energía.

Cada hora dedicada a cuidar la propia imagen es una hora que no se dedica a cuidar el sistema que se supone que esa imagen representa. Cada decisión tomada pensando en cómo se va a ver, en vez de en si es la correcta, es una grieta diminuta en la coherencia de un liderazgo. Ninguno de estos siete casos es perfecto ni intocable. Pero todos comparten un rasgo que hoy es casi contracultural: construyeron primero, y dejaron que el reconocimiento llegara —si llegaba— como consecuencia, nunca como objetivo.

La pregunta incómoda no es sobre ellos. Es sobre lo que premiamos hoy

Aquí está el filo real de este artículo, y no apunta a ningún fundador centenario. Apunta a la cultura de liderazgo que estamos construyendo ahora mismo, en tiempo real, en cada feed, en cada charla TED improvisada, en cada «storytelling personal» que se enseña como herramienta de gestión («ponte en el foco, se el centro del espectro, llama la atención, ese es el camino al éxito»).

Si mides tu propio liderazgo, hoy: ¿cuánta energía estás invirtiendo en que se sepa que lideras bien, lo bien que lo haces, frente a la energía que inviertes simplemente en liderar bien? No es una pregunta retórica ni busca una respuesta cómoda tipo «un poco de las dos cosas». Merece que te sientes con ella un rato.

Y una segunda, todavía más incómoda para cualquiera de nosotros que trabajemos con equipos, hable en conferencias o publique con regularidad: si mañana nadie más volviera a enterarse de lo que haces bien —ni un post, ni una mención, ni un reconocimiento público—, ¿seguirías haciéndolo igual de bien lo que haces?. ¿Es el foco lo que te da la motivación?

Los siete nombres de este artículo, con todas sus imperfecciones humanas y empresariales, parecen haber podido responder que sí. La pregunta que de verdad importa no es si nosotros somos como ellos. Es si estamos construyendo, día a día, un tipo de liderazgo que algún día podría responder lo mismo — o si estamos, sin darnos mucha cuenta, entrenando exactamente lo contrario.

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