Cuando Harvard Business Review publica por tercer año consecutivo su estudio sobre cómo usamos realmente la inteligencia artificial, uno espera encontrar en el número uno cosas como generar código, analizar datos o automatizar procesos.
Lo que aparece en el número uno — tanto en 2025 como en 2026, sin moverse — es esto:
Therapy and companionship.
Terapia. Compañía.
Y eso en un contexto donde ChatGPT ha alcanzado 900 millones de usuarios activos semanales y Gemini supera los 750 millones de usuarios mensuales.
Me detuve un buen rato mirando ese dato. Igual que tú.
No me sorprendió del todo, pero verlo en bruto capto algo más que mi atención.
Me pareció uno de los diagnósticos más honestos y más dolorosos que he visto en mucho tiempo sobre el estado real de nuestra sociedad de «primer mundo».
Lo que ese dato realmente dice
Vivimos en el momento de la historia con más canales de comunicación, más plataformas sociales, más herramientas de conexión que nunca.
Y sin embargo lo que más le pedimos a una máquina es que nos escuche.
Que nos acompañe.
Que esté ahí.
Que no nos juzgue.
Eso no es un dato tecnológico.
Es un dato humano.
Es el retrato de una sociedad que ha construido infraestructuras de conexión extraordinarias y ha perdido por el camino la capacidad de conectar de verdad.
Donde el juicio percibido de los demás pesa más que la necesidad de ser escuchado.
Donde la soledad se ha normalizado tanto que hemos dejado de llamarla por su nombre.
Y donde una pantalla que nunca reprocha, nunca exige, nunca se cansa y siempre responde se ha convertido en el refugio más accesible.
Los propios autores del estudio de HBR señalan dos preocupaciones emergentes que me parecen reveladoras: que estamos cediendo nuestras responsabilidades cognitivas a la IA — lo que llaman «thinkslop» — y que dependemos cada vez más de la tecnología para sentirnos bien emocionalmente.
Eso merece ser pensado con calma.
No es necesario alarmarse, pero sí asomarse a esta evidencia con humanidad.
La soledad que no se nombra
La soledad tiene mala prensa como concepto.
La asociamos a personas mayores, a gente rara, a situaciones extremas, a algo que les pasa a otros.
Pero hay una soledad mucho más extendida y mucho menos visible que esa.
La soledad de estar rodeado de gente y no sentirse visto.
La soledad de tener agenda llena y conversaciones vacías.
La soledad de compartir espacio sin compartir nada real.
La soledad de no poder decir lo que realmente sientes o piensas porque el contexto no lo aprueba.
Esa soledad no aparece en ningún diagnóstico clínico.
Pero aparece en el dato de HBR.
Aparece en los 150 millones de personas que según la Organización Mundial de la Salud sufren algún tipo de trastorno de ansiedad o depresión.
Aparece en el Informe Gallup 2026 que confirma que los líderes son las personas más estresadas, más solas y menos felices de sus propias organizaciones.
Aparece cada vez que alguien abre una app de IA a las once de la noche para contarle algo que no sabe a quién más contarle.
Por qué la IA lo hace bien — y por qué eso es el problema
Quiero ser honesto aquí porque creo que la conversación habitual sobre este tema es demasiado simplista.
La IA es buena en esto. Genuinamente buena.
Escucha sin interrumpir.
Responde sin juzgar.
Está disponible a cualquier hora.
No tiene un mal día que interfiera con tu conversación.
No proyecta sus propios problemas en los tuyos.
No se cansa de ti.
Para alguien que lleva tiempo sin sentirse escuchado de verdad, eso es un alivio real.
Y un alivio real tiene valor real.
Pero hay algo que la IA no puede hacer por mucho que lo simule:
No puede estar presente de verdad.
La presencia humana — la que transforma, la que sana, la que hace que alguien se sienta genuinamente visto — no es solo procesar lo que el otro dice y responder de forma coherente. Es algo más sutil a menudo difícil de describir con precisión.
Es el silencio compartido que no necesita llenarse.
Es la mirada que dice «estoy aquí» sin palabras.
Es la imperfección de alguien que también ha tenido miedo y lo ha atravesado.
Es saber que quien te escucha tiene algo que perder en esa conversación — y elige estar igualmente.
Eso no tiene código.
Eso no se puede entrenar con datos.
Y eso es exactamente lo que la gente está buscando cuando le pide compañía a una máquina.
No la máquina.
Lo que la máquina simula.
Lo que esto significa para el liderazgo consciente
Aquí es donde este dato deja de ser una reflexión sociológica y se convierte en algo muy concreto para cualquier persona que lidere otras personas.
Si el uso número uno de la IA en el mundo — por encima de generar código, de aprender, de resolver problemas — es buscar compañía y apoyo emocional, eso nos dice algo fundamental sobre lo que más falta en los entornos donde las personas pasan la mayor parte de su tiempo despierto:
Las organizaciones.
¿Qué tipo de cultura has construido donde la gente no puede expresar lo que realmente siente?
¿Qué tipo de equipo tienes donde nadie se atreve a mostrar vulnerabilidad real?
¿Qué tipo de liderazgo ejerces si las personas a tu alrededor prefieren abrirse con una pantalla que contigo? (se que esta duele, mucho)
Esas no son preguntas de bienestar corporativo.
Son preguntas de liderazgo real.
Porque un líder que no genera el espacio para que las personas sean humanas de verdad — con sus dudas, sus miedos, sus momentos de no saber — no está liderando personas.
Está gestionando rendimiento.
Y el rendimiento sin humanidad es frágil.
Funciona mientras todo va bien.
Se rompe exactamente cuando más lo necesitas.
La paradoja del líder solo entre su gente
El Gallup 2026 confirma algo que llevo años observando en mis conversaciones con directivos:
Los líderes son las personas más solas de sus organizaciones.
Más estresados que sus equipos.
Más solos que sus equipos.
Menos felices que sus equipos.
Y sin embargo son los últimos en pedir ayuda.
Los últimos en admitir que no saben.
Los últimos en reconocer que necesitan ser escuchados también.
Porque el rol exige una imagen de solidez que a menudo es incompatible con la vulnerabilidad real.
Y así se cierra el círculo:
El líder que no puede mostrarse humano con su equipo.
El equipo que no puede mostrarse humano con su líder.
Una organización llena de personas que se sienten solas juntas.
Y todos abriendo el chat de IA cuando nadie mira.
Lo que propongo
No propongo que dejemos de usar la IA para lo que nos ayuda.
Propongo que usemos ese dato de HBR como espejo.
Si el número uno es compañía y terapia, algo en nuestros entornos humanos no está funcionando como podría hacerlo.
La respuesta es la calidad de tu presencia.
Presencia en las conversaciones que importan. (no juicio)
Presencia en los momentos donde alguien necesita ser visto y no solo evaluado. (quítate el rol de profesional)
Presencia en la cultura que construyes cada día con cada decisión pequeña que nadie mide pero todos sienten. (qué siente la gente cuando trata contigo)
La IA puede ser un apoyo extraordinario.
Pero no puede ser el sustituto de lo que solo ocurre cuando dos personas o más están presentes de verdad de manera recíproca.
Eso sigue siendo nuestro.
Y en un mundo donde cada vez más se delega en máquinas, lo que se mantiene humano tiene un valor que todavía no sabemos calcular bien.
Pero que cualquiera que lo ha experimentado reconoce inmediatamente.
La pregunta que te dejo:
¿Cuándo crees que fue la última vez que alguien de tu entorno se sintió verdaderamente escuchado?
¿Y cuándo fue la última vez que tú lo fuiste?
Basado en el estudio «How People Are Really Using AI in 2026» de Marc Zao-Sanders, publicado en Harvard Business Review, junio 2026.
JJ Agudo. CEO de Atman Hub, Harvard Business Review Advisory Council Member
